Hace cinco años yo trabajaba en un hospital veterinario. Llevaba la parte de peluquería canina y la tienda, y dispensaba la medicación a las personas que salían de consulta y de urgencias. Era un sitio con mucho movimiento: gente esperando su turno, urgencias entrando, el teléfono sonando.
Aquella tarde yo no tenía ningún perro en la mesa, así que me puse a colocar un pedido de alimentación que acababa de llegar. Estaba cargando sacos de pienso y subiéndolos a la estantería cuando llamaron al timbre.
"¿A alguien se le ha escapado este perrito?"
Entró una chica con un perro pequeño y preguntó eso mismo: si se le había escapado a alguien de la sala de espera, o si sabíamos de quién podía ser. Nos quedamos todas mirándonos. No, no lo conocíamos de nada.
Y él, sin pensárselo, se vino corriendo hacia mí.
Cuando lo tuve cerca vi el estado en el que venía, y no era bueno: muy flaco, con varias calvas, el pelo pobrísimo, parásitos y un hambre que daba pena. Ese perro llevaba mucho tiempo perdido, o no estaba viviendo en buenas condiciones. Le pasamos el detector de chip y no saltó nada.
Yo ya me había enamorado de él. Dije lo que me salió del alma: me lo llevo a casa, le doy de cenar, lo pongo cómodo para que descanse, y mañana investigamos de quién es.
La primera noche, y el nombre
Entró en mi casa como si llevara viviendo allí toda la vida. Contentísimo, alegre, sin extrañar nada. Y luego se relajó de una manera que me llamó mucho la atención: se soltó del todo, se quedó dormido y durmió muchísimo, profundamente. Ahí pensé que ese perro no venía de una casa. Nadie se relaja así si está acostumbrado a estar tranquilo.

Después de cenar me puse a hacer zapping y me encontré una película que se llamaba Benji. El perro de la película era clavado a él: mestizo, greñudo, con esa pinta. Le miré y le dije "Benji", y me miró de golpe. Le dije: "va, pues mira, te quedas con ese nombre. Me gusta para ti".
Esa noche vimos la película juntos, él y yo solos en casa.
"Le dije 'Benji' y me miró de golpe. Va, pues te quedas con ese nombre."
Al día siguiente lo saqué a pasear y me di cuenta de que teníamos una conexión buenísima. Lo podía soltar y no se alejaba de mí. Feliz, tranquilo, nada ansioso.
El chip que apareció un día después
Me lo llevé conmigo al hospital, y una compañera me dijo que habían comprado un detector de chip nuevo y si lo probábamos con Benji. Le dije que sí. Se lo pasamos y, pum: apareció un chip.
Se me cayó el alma a los pies. Pero pensé: bueno, a lo mejor tiene una familia que le quiere y le está buscando. Lo raro vino después. Ese chip estaba vacío.
Y un chip vacío no puede existir. Legalmente tiene que ir siempre asociado a una persona, con su nombre, su DNI y su dirección; para eso está, para que si el perro se pierde se pueda localizar a su familia. Un chip sin datos deja al animal exactamente igual de desprotegido que si no llevara ninguno.
A través del colegio de veterinarios se pudo llegar hasta la clínica que había comprado ese chip. Y así fue como conocí la historia de Benji: vivía en una casa okupa, pasaba hambre y se perdía muchas veces. Lo recogía una protectora, pasaba allí una temporada, y al final volvía. Y otra vez. Y otra vez.
También pregunté lo más importante: ¿alguien le está buscando? No había ni un anuncio en Facebook, ni en Instagram, ni nadie que hubiera venido a preguntar por él. A mí eso me dijo mucho. Cuando pierdes a tu perro, te mueves.
Un mes sin saber si se quedaba
Lo que vino después fue el mes más largo de mi vida. Papeleo, llamadas, conversaciones difíciles, gente diciéndome que no. Parecía que estaba peleando la custodia de un hijo, y lo pasé fatal, porque en ningún momento supe si se quedaría conmigo.
Yo tenía clara una cosa, y la repetí todas las veces que hizo falta: si a Benji le hubiera notado ansioso, nervioso o extrañado en mi casa, me habría nacido devolverlo. Pero es que estaba a gustísimo. Comía, dormía, estaba seguro, tenía todo cubierto, y yo trabajaba en un hospital veterinario: no le iba a faltar de nada.
Al final conseguí hablar directamente con la persona que lo tenía. Y hablando, tranquilamente, llegamos los dos a la misma conclusión: su situación en ese momento no era la adecuada para cuidar de un perro, Benji estaba feliz conmigo, y lo mejor para él era quedarse donde estaba. Aceptó cedérmelo.
Con eso se pudo hacer por fin el cambio de titularidad del chip. A mi nombre.
Y hasta hoy
Benji se quedó conmigo, y aquí seguimos. De aquel perro flaco, con calvas y con el pelo hecho polvo que entró por la puerta de un hospital veterinario ya no queda nada.

Si alguna vez te has preguntado por qué me tomo el tiempo que me tomo con cada perro que llega a mi mesa, por qué me fijo tanto en la piel, en el pelo y en cómo está el animal por dentro y no solo en cómo queda el corte, la respuesta es esta historia. Benji me enseñó que un perro te dice cómo está mucho antes de que nadie te lo cuente. Solo hay que mirarle bien.
Por eso está en mi logo. Porque Lu.Groom no existiría igual sin él.
